Crisálida
Sobre la mujer salvaje, la creación y los hermanos de tierra.
Mi hija amaneció envuelta en una crisálida. Solo tenía las manitos y la cara descubierta. Los brazos, abiertos a cada lado de su cabeza, como dos alas, formaban dos letras L. Su tronco lo entallaba una cápsula blanca y densa.
Cuando la encontré así pensé en la belleza de la crisálida y el peligro de la asfixia. Lo que en realidad la envolvía era el mosquitero. No sabemos cómo se enrredó hasta el punto en que parecía otra piel. Tal vez hizo algún movimiento. El mosquitero cayó sobre ella y comenzó a dar vueltas hasta que el capullo se formó. Creo haber escuchado algún quejido en medio de la noche.
Lo primero que hice fue poner mi mano en su barriguita. Respiraba tranquila. El sueño la trasladaba a otros mundos mientras su cuerpo continuaba aquí.
Pensé en el saco amniótico como un velo que recubre al bebé.
Esa noche era luna llena.
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Son poco más de las 6 a.m. Mientras corro por una de las calles del pueblo me siento en la escena de Nightbich, cuando la protagonista sale por las noches a correr y los perros la persiguen. Avanzo con tres perros que van detrás de mí, a mi lado, adelante. Billy (que en realidad es Alvin), Bobby y Susy. Corremos juntos. Un señor que barre las calles me mira un poco espantado. Los otros hombres que manejan, cada uno, un camión del aseo, lo mismo, cuando me ven correr en medio de la jauría. Pienso que me bautizarán como “la mujer que corre con los perros” o “la loca que corre con los perros”, pero hace un día, cuando bajaba por una de las calles con mis compañeros de trote, escuché una voz que decía: “Sei bravissima” (Eres increíble). En ese instante, aparecieron delante de mí todas las ofrendas que le traían los perros a la madre de Nigthbitch (Amy Adams), conejos, ardillas, ratones, mapaches, lo que cazaban en mitad de la noche y lo dejaban en la puerta de su casa.
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Estoy chateando con K., que acaba de parir a su segundo bebé hace 12 horas, y está en el hospital. K. rompió fuente en la madrugada y parió casi a las 9 p.m. del mismo día. Fue parto natural pero deberá estar allí al menos 3 días. Está un poco adolorida. El bebé se lo acaban de llevar para que lo revise el pediatra. Su esposo llegará más tarde, tal vez acompañado de su otro hijo de 22 meses. Qué diferente a un parto en casa y, al mismo tiempo, que bueno que todo salió bien.
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Una vez leí un newsletter donde la autora compartía que sentía un poco de culpa porque no le había escrito tanto a su segunda hija como a la primera.
¿Cómo lo vivirá K.?
¿Cómo comprender que ese segundo bebé es igual de único y especial?
¿Cómo lograr que no se convierta en una sombra de su hermano mayor?
Supongo que el protagonismo cambia con el segundo hijo.
Últimamente pienso que si el primer hijo es como una novela de 10 tomos, el segundo hijo debe ser algo así como un poemario, la esencia misma de la palabra.
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Aquí los gatos se defienden. No son como los que veía en las comiquitas. Cuando un perro se acerca a ellos se hacen un ovillo, con los ojos fijos en el animal, y si este intenta hacerle algo lanzan un rugido como de tigre.
Los he visto hacerlo con un perro y hasta con tres.
Siempre se defienden.
Yo que no sé nada de gatos, pero tengo a una amiga que si y he asistido a su dedicación, asi que puedo considerarlo un poco, cuando mi hija me dice que quiere un gato. Habito su petición mientras le bajo el volumen a las voces que me dicen “que yo no sé cuidar”, “que para qué otra responsabilidad de ese tipo en mi vida”. Ya me han atormentado antes.
Mi hija quiere un gato blu (azul) y otro para la bimba (como se llama su muñeca) que sea rosso (rojo).
Le repregunto sobre el color de su gato: “Blu”.
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Visitamos a K. en el hospital. Cuando entro en la habitación me pregunta si quiero cargar a su bebé. Le digo que primero me quiero lavar las manos. Después regreso y me pongo a un costado de la cama. Nunca he cargado a un bebé recién nacido, que tiene, literalmente, menos de 24 horas en este lado de la tierra, además de a mi hija. “¿Sabes cómo hacerlo?”, me pregunta K. Lo acomodo con torpeza en mi pecho. “Es un corazón”, le digo. O., que también está ahí, sonríe y dice que pudo mirar la placenta antes de que se la llevaran y tenía forma de corazón. “La placenta es tu hermana gemela y te nutrió, ella siempre estuvo contigo, te cuidó”, le susurro al bebé. O. está contento porque lo dejaron estar en el parto, dice orgulloso que fue el ayudante de la obstetra, pero que no le gustó mirar a su esposa sufrir.
Le pregunto a K. si la hicieron parir en la cama y me cuenta que parió como si fuese un gato. Con las rodillas y las manos pegadas al suelo. No tuvo ningún desgarre. Pujó tres veces y salió. Me contento porque algunas cosas van cambiando en estos hospitales. Su bebé nació con 39 semanas y 3 días. Midió 50 cm y pesó casi 3.200 kg.
K. aprovecha para comer.
Sigue un poco adolorida y con la hemoglobina en 9, pero en general está bien.
Cuido la respiración de su bebé.
Se ha dormido en mi pecho.
Me cuenta que las enfermeras se lo llevan al nido a las 10 p.m. y que lo regresan a la habitación a las 6 a.m., que allí tienen la filosofía de que la madre debe descansar y dormir después de un esfuerzo tan grande. Durante ese tiempo a los bebés los alimentan con leche de fórmula. Cuando los padres se van del hospital, se las anotan en un papelito. Por las noches, K. no duerme bien por el calor y los mosquitos.
En el hospital, le dan los pañales pero como el lugar para cambiar a los bebés queda un poco lejos, K. prefiere usar los que llevó.
Termina de comer y le doy al bebé para que lo amamanté. Reviso y tiene el agarre perfecto. La boca como un patico. Hablo con K. sobre la bajada de la leche en unos días, de los senos de piedra, de los masajes, que tiene que estar pendiente de que el bebé se agarre en la posición correcta al seno.
Miro el dorso de sus manitos ancianas, las palmas rojas como si hubiesen tocado el fuego. “Viajaste hasta nosotros desde otra galaxia. Fue un viaje largo. Eres como un viejito. Todo el universo está contenido en ti”, medito mientras lo contemplo. “Es como un viejito, en él está todo el universo”, repito en voz alta parte de mis pensamientos. O. y K. sonríen.
Después bromeamos porque sabemos que en dos o tres días este bebé se despertará y aterrizará directamente en las madrugadas. Por ahora, estamos en el preludio, con la tranquilidad de que todo salió bien, pero como todo, esta realidad también impermanente.
En el cuarto hay otra mamá con su bebé. A ella le hicieron la episiotomía (corte quirúrgico en el periné, la zona entre la vagina y el ano). Se mueve con dificultad. A cada rato, K. y O. se ponen a su disposición. Ella agradece con la sonrisa, de agradecimiento y susto, la que tenemos casi todas las madres primerizas.
I. y mi hija me esperan afuera porque no permiten el ingreso de menores de 12 años. Salgo para que I. también pueda conocer al bebé. Mientras estamos sentadas, una mujer embarazada, ataviada en una bata, con unas cholas crocs y el celular en la mano, pasa delante de nosotras. Espera en la puerta que conduce a las escaleras de emergencia. Cuando llega su esposo, lo abraza y empieza a llorar. “La facciamo” (lo haremos), le dice el esposo que ha traído una bolsita con medicamento. Ahora entiendo por qué la mujer nos miraba con esos ojos ausentes, cuando intentaba distraer a mi hija con las fotografías en el celular para que no se fuera corriendo por los pasillos. No sé lo que le pasa, pero mi hija y yo sentimos su angustia.
Nos tenemos que marchar.
Las visitas son de 1:30 a 2:30 p.m. y de 6:00 a 7:00 p.m.
O. podría estar un poco más, pero debe irse para atender a su otro bebé.
Regreso a la habitación para despedirme.
En ese instante entra otra mujer y le dice algo a mi amiga, que le responde con un “mi dispiace” (lo siento). La mujer tiene dos meses y medio de embarazo y un conato de aborto. En su rostro dos ojeras inmensas, se nota que ha llorado muchísimo. Pienso en la vida que tiene K. en sus brazos y en la muerte en el vientre de aquella mamá.
En el pasillo del hospital nos encontramos a Noemí, una de la obstetras que atendió nuestro parto en casa. Nos abrazamos largamente. Me muestra las fotos de sus dos hijos, una de seis y otro de dos, que nació cuatro meses después que nuestra hija. Noemí atendió nuestro parto estaba embarazada.
Me voy con la certeza infinita de que he cruzado el umbral.
Que he tocado la vida y se ha dormido con el latido de mi corazón.
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A veces envidio esa relación tan íntima, de complicidad y de confianza que hay entre algunas hermanas, porque no ha sido mi experiencia con mi hermana. Aunque si un poco, con mi hermano menor.
Recuerdo mucho la película “Valor sentimental”, como esas dos hermanas crearon un vínculo tan estrecho. En una de las escenas, la hermana menor le agradece a la mayor por haberla protegido, porque gracias a esos cuidados pudo crecer como una niña, despreocupada, viviendo cada etapa de su infancia; en cambio, la hermana mayor se convirtió en adulta antes de tiempo.
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Mi hermana me cuenta que el gatico de mi sobrina, el que se asustó por los terremotos en Venezuela, murió dos días después, que quedó tan asustado que le dio un infarto.
Mientras tanto, aquí en Italia, continúa temblando. El 31 de julio hubo un terremoto de magnitud 4,7, con epicentro en la localidad de Pozzuoli, dentro de la zona volcánica de los Campos Flégreos. El sismo, localizado a unos tres kilómetros de profundidad según el Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia, se sintió con fuerza en la ciudad de Nápoles y en varios municipios cercanos. Según la misma fuente, es el más intenso registrado en esta región en las últimas cuatro décadas.
Pozzuoli era el apellido de una de mis bisabuelas.
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C., 54 años, mamá de dos (ya en etapa universitaria) y profesora en un liceo en Italia, me dice que ha visto el egocentrismo de los hijos únicos, de su dificultad para compartir en el aula. Que ella jamás hubiese tenido un solo hijo, que lo sentía como si le estuviese quitando algo a su hija. La escucho cuando regresamos de nuestra ruta de montaña. Le pregunto sobre la crianza de sus hijas y me habla de la alimentación mixta, del destete a los cuatro meses, de su regreso al trabajo cuando sus hijas tenían meses de nacida. A través de ella viajo a otro tipo de crianza, no sé si menos laboriosa, pero la que le funcionó a ella y a su familia.
A veces no sé si nos pusimos la vara muy alta (el embarazo en el campo y en pleno exilio emocional, el parto en casa, la lactancia hasta casi los dos años, la crianza en casa, porque en este pueblo no hay nidos públicos y la escuela materna gratuita empieza a los 3 años) pero cada vez estoy más segura de que el límite lo pone la propia salud mental.
Siempre leo que nuestros padres y abuelos “hicieron lo que pudieron con los recursos que tenían”, pero tampoco nosotros somos unos superdotados.
¿Por qué esta insistencia tan grande de deslindarse de todo lo que hicieron y que nos constituye como seres humanos?
Y me refiero a los límites.
¿Qué nuevos seres estamos aportando a nuestra especie?
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Algunos días riego el jardín por las noches.
Y me acuesto con los pies sucios de tierra.
Otros días no le pongo ni una gota de agua.
Y sufro su sequía.
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Lo que pedía la protagonista de Nigthbitch, que ni siquiera tenía nombre en la película, era tiempo para ella misma, para su creación (era artista plástica), otras interlocutoras que no la juzgaran, un esposo que fuese activo en la crianza de su hijo de tres años.
Y aunque no es mi caso, si lo es toda la carga mental que me autoimpongo con todo lo que quiero crear.
Si termino cansada es porque, aunque nuestra dinámica familiar sea compartida, entre el amor, la vocación, el trabajo y las tareas domésticas, el tiempo/cuerpo es finito.
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En mi celular se mezclan las fotos de mi hija con la de los otros bebés de mis amigas o conocidas. En los últimos meses son muchas las que están embarazadas o ya parieron a sus bebés. Cuento 10. Sé que a gran escala es una cantidad mínima, pero en mi consciencia este círculo se desborda. Seguro antes de ser mamá era así, solo que no lo podía mirar.
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En el horno de leña antiguo, oculto entre los frascos vacíos y los cartones, canta un grillo. Lo descubrí hace un par de días. Es un canto tímido, solo un par de notas y después hace silencio. Casi siempre se comunica cuando escucha el sonido de las primeras teclas en la computadora. Afuera, sus hermanas las cigarras continúan su letanía bajo el calor extremo. Es como si quisieran ser rescatadas de una catástrofe, para finalmente descansar en la próximas generaciones de cigarras.
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El 30 de julio descubro que el nido de la tórtola que encontré en los nogales no era un lugar para descansar. La tórtola picotea algo en otro cuerpo. Entre las hojas se asoma una cabecita. Es una cría. Busco los binoculares y lo confirmo. Por un momento la madre vuela y deja al pajarito solo debajo de ese follaje, cargado de nueces aún recubiertas en sus cáscaras verdes. El nido está fuertemente incrustado en una de las ramas, por una especie de arteria marrón y gruesa, desde abajo parece una placenta con forma de corazón.
Busco en internet y las tórtolas tienen a sus crías desde la primavera hasta finales del verano. O sea que vi todo el proceso de tejido de este nido pensando que era un nido que el pájaro hacía para reposar.
Ahora sé que la utilidad principal del nido es traer vida al mundo, sostenerla y dejarla ir.
Un nido se hace para empollar, cuidar y para abandonar.
Nunca para descansar asi lo haya escrito o pensado.
Al día siguiente descubro que no es una cría sino dos las que habitan en el nido de la tórtola.
Mi hija juega con su muñeca debajo de los nogales.
De pronto una mariposa muy grande se posa en uno de los troncos. Si no fuese por sus alas plegadas, que son lo único que sobresale de la corteza, no la reconoceríamos. Se ha camuflado completante: es una mariposa tronco.
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La crisálida es dorada como los lomos de los ciervos que vi cuando estaba embarazada.
A medida que aceptamos el poder salvaje profundamente arraigado en la maternidad, nuestra creación comienza a resplandecer.
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Pipo, otro de los muñecos de nuestra hija, se ha quedado acostado en uno de los troncos. Desde la ventana pareciera que observara el nido. De pronto comienza a hacer muchísimo viento. Está iniciando la tormenta. Salgo corriendo entre las gotas y el sol para rescatar a Pipo, que es mitad de plástico, mitad de tela, y regreso victoriosa con él entre los brazos. Le digo a nuestra hija que lo salvé de la lluvia y se queda repitiendo la historia con una sonrisa.
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Cuando K. y O. llegan a casa con el bebé, su hermanito se priva en llanto. Entonces le dejan el bebé a la abuela y se van con el otro hijo a la habitación para calmarlo. Juegan un poco con él. Minutos después, mientras K. le da el tetero al bebé, el hermano mayor se acerca un poco tímido, toca un par de veces esos piecitos arrugados que han cruzado el universo, y después se aleja.


¡Una belleza tu texto!
Qué viaje es la maternidad. Con mi primer hijo estuve en casa, la lactancia fue exclusiva y empecé a trabajar cuando volvimos a Venezuela. Él tenía 11 meses. El menor nació 7 años después, lo tuve que destetar a las 6 semanas por una mastitis que me hizo sufrir, no hubo más opción después de pasar por consejeras de lactancia y varios médicos. Empecé a trabajar cuando tocó, el bebé tenía 5 meses. La adaptación del hermano mayor tomó años, pero hoy son dos hermanos que se quieren.
Cada percance, cada dificultad, los viví con una ansiedad enorme. Casi siempre pensé que era una pésima mamá.
Ahora son grandes ya. Desde hace un par de años cuando voy a misa solo rezo para agradecer que todo fue por buen camino. Y así estamos ahora, esperando que en cualquier momento los polluelos empiecen a dejar el nido.
Hermosos como siempre tus escritos. Tienes la magia de las palabras y las desgranas con emoción. Una suerte poder leerte y sentirte cercana. Bendiciones para Violetta quien recibe lo mejor de tu corazón.Un abrazo para ti e Ignacio.