Transfiguración
Sobre la verdadera naturaleza de las cosas.

Medianoche del 24 de julio al 25 de julio de 2026. Escucho un sonido métalico, fuerte, en la parte de arriba de la casa, parecido a cuando una lavadora termina el ciclo. Estoy acostada boca arriba. Debajo de mi espalda tiembla la cama. Es una vibración sostenida, como si alguien halara el colchón y lo volviera a empujar hacia la pared. Mantengo los ojos cerrados, estoy paralizada, entre dormida y despierta, adentro de ese temblor, cuando me decido a abrir los ojos miro el reloj. Son las 12:06 a.m. (hora Italia) / 6:06 p.m. (hora Venezuela)
Vivo transfigurada entre los husos horarios de estos países.
Hace dos minutos, a las 6:04 p.m., de hace un mes, fueron los terremotos en Venezuela (de 7.2 y 7.5 en la escala de Ritcher, con 39 segundos de diferencia)
A las 5 a.m., antes de irme a la montaña, le cuento a I. lo que sentí. Él me dice que soñó que estaba en el aeropuerto de la La Guaira, que adentro había varios edificios destruidos por el terremoto, que Michela, una de las obstetras que nos atendió con nuestra hija aquí en Italia, y mi hermano, que está en Venezuela, le dijeron que no podía viajar.
Mientras lo escucho, no sé si yo también soñé lo que sintió mi cuerpo. Justo anoche, antes de irme a la cama, miraba por youtube la misa que estaban haciendo los jesuitas en el Colegio San Ignacio, en Caracas, para conmemorar el mes del terremoto. Tal vez mi psique quedó tan movilizada que por eso el terremoto se reprodujo debajo de mi espalda.
Si esto es vivir a 8.337 kilómetros de distancia, ¿cómo será estar en medio las ruinas?
Ni siquiera lo puedo imaginar.
Cuando regreso de la montaña, bajo al huerto a recoger los tomates con mi hija y después nos quedamos jugando debajo de los nogales. En ese momento pasa nuestra vecina en el carro: “Hai sentito il terremoto?” (¿sentiste el terremoto?), me pregunta. Su cama se movió, escuchó el sonido de platos y ollas chocando entre sí, y salió hasta la puerta. “Ho aspettato la scossa, ma come non è arrivata, sono entrata di nuovo a casa” (esperé la réplica, pero como no llegó, entré de nuevo a la casa)
Lo que viene después es su asombro cuando le cuento lo que nos pasó.
El terremoto de 4.1 en la escala de Ritcher, tuvo su epicentro en la provincia de Isernia, cerca de Pizzone, en la región de Molise, a 60 kilómetros de donde vivimos. Según datos del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia, ocurrió poco después de la medianoche del 24 al 25 de julio, a las 12:08, a una profundidad de 10 kilómetros. Debido a su proximidad, el temblor también se sintió en Lacio, en la provincia de Frosinone, y en las provincias de Chieti, L’Aquila y Caserta. Numerosas personas salieron a la calle por temor y hasta la mañana del 25 de julio no se habían reportado daños ni heridos.
“Gente svegliata nel cuore della notte” (La gente se despertó en el corazón de la noche), leí en uno de los titulares. Una forma poética y común para decir “en mitad de la noche”, “a altas horas” o “en la madrugada más oscura y silenciosa”.
¿Por cuánto tiempo podemos permanecer en la metáfora?
El hecho concreto es que mi cerebro dudó de lo que sintió mi cuerpo.
Que mientras las personas hacían un minuto de silencio por el terremoto en Venezuela, aquí temblaba.
En la pared blanca de nuestro cuarto, continúa el cuadro torcido de la virgen.
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Liberamos a una esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum). Su espiritrompa se había enrredado en la base del pistilo, justo donde está el ovario de la flor. Al principio pensé que estaba muerta, pero mi hija la tocó con el dedo y comenzó a batir sus alas pardas y anaranjadas, muy rápido, para sostenerse en el vacío. Cuando se cansaba quedaba colgada de su lengua, con esos ojos de búho fijos en nosotras. Tenía una falsa “cola” de pelos largos negros y blancos. Fui quitando los pétalos, uno por uno, de la flor rosada, hasta que quedó un tallo y la base desnuda donde alguna vez se abrió la flor. Agité un poco más aquella copa verde y en ese instante la esfinge colibrí pasó volando por entre mis piernas. Mi hija se río. Era como si de pronto las dos estuviéramos adentro de un poema de Marosa Di Giorgo.
Esa mañana había trabajado en el manuscrito de mi madre, que también es un lepidóptero.
No podía dejar de pensar en cómo a veces se debe destruir algo hermoso para darle paso a otra vida.
Es lo que ocurre a cada instante en este bosque.
La esfinge colibrí es una polilla que vuela durante el día.
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El otro domingo encontré un zorro muerto en medio de la carretera. Sus ojos abiertos quedaron mirando hacia el pueblo. Las pupilas completamente dilatadas y un poco blanquecinas, como si las luces del carro que lo golpeó se hubiesen quedado adentro de él. Tenía las orejas levantadas. La cola frondosa entre sus patas traseras. Era un zorro joven, un poco mayor que una cría. Su cuerpo reposaba sobre el asfalto húmedo de sangre y orine. De su boca semiabierta salían abejas. Me quedé unos segundos acompañándolo. Después seguí corriendo.
Aún me arrepiento de no haberlo movido hasta la orilla de esa montaña que bajó para cruzar la carretera por última vez. Ese zorro no era diferente del erizo que encontré corriendo por una de las calles donde vivía en Caracas. Ni de la ardilla, ni del puercoespín, ni del gato, ni del perro, ni de tantos animales atropellados, casi siempre bajando de una montaña, de un árbol, saliendo de su casa.
En esas muertes persisten dos geografías que colisionan.
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La gente se impresiona de los sobrevivientes de los terremotos en Venezuela que estuvieron tantos días sin comer ni beber. De sus cuerpos resistiendo el hambre. Mientras yo recuerdo a los niños que se desmayaban en el colegio porque no habían desayunado, de los años en que las personas hacían una o ninguna comida al día. Los nuevos agujeros en la correa para ajustar el pantalón al nuevo cuerpo. La memoria corporal de la carencia.
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Corro debajo de los ciruelos y mis pies se llenan con el jugo de los frutos caídos. Recojemos los que podemos alcanzar con las manos y la escalera. El resto pertenece a los pájaros. Es nuestro pacto. Nadie debería morir de hambre.
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Estamos en la ruta hacia el Monte Marrone. Hay excremento de lobo en el sendero, pero a él no se le ve por ninguna parte. Más que excremento parece un amasijo de pelos y hierba seca. Lo que quedó de un ciervo. Siento el pie encima de la piedra, mis manos apretando los bastones de trekking. Los caminos están llenos de hojas secas, raíces, piedras, pasto, arenilla, bosta de ganado. La mayor parte de la ruta la camino en silencio. Pero mi cuerpo regresa más cansado y pesado.
Estoy hinchada de sol.
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En verano, las ramas del bagolaro casi entran por la ventana donde escribo. Miro sus frutos verdes como las cuentas de un rosario. Recito una avemaría por cada muerto de los terremotos. Dentro de poco las semillas se colorearan de ese negro púrpura y algunos harán lícor con ellas. Del centro de este árbol he visto salir un mirlo.
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Hernán Gil, en posición fetal debajo del escritorio, ligeramente acostado, en el sótano de un edificio de siete pisos, a nueve metros de profundidad. Casi ocho días debajo de los escombros. A su alrededor, réplicas, oscuridad, poco aire. Equipos de rescatistas de al menos siete países liberándolo. Uno de los últimos sobrevivientes de los terremotos en Venezuela.
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Un calabacín es la primera verdura que cosechamos de nuestro huerto. Mi hija lo trae feliz entre sus manos. Otro día sostiene un higo gigante y recuerdo que faltan solo semanas para que estas frutas terminen de madurar. Los primeros son los higos grandes, en junio y julio, después nacen los más pequeñitos, en agosto y septiembre. Un pepino es la tercera verdura que recojemos del huerto. Ya hemos comido níspero japonés, cerezas, melocotones, ciruelas, higos, tomates, calabacines, pepinos. Los racimos de uvas cuelgan verdes de las viñas. Las flores de cebollín se abren como asteroides. Los frutos del caqui se asoman verdes con su gorrito de hojas. Las flores de la granada se convirtieron en pequeños muñones y adentro están formándose las semillas. El jazmín y el tilo perfuman el aire hasta fermentarlo. Las plantas de tomates están tan cargadas que los frutos se desprenden solos. Llegaron las cigarras y se fueron las luciérnagas. Se escuchan nuevos cantos. Los pájaros que migraron están regresando. Los pétalos secos de la rosa reposan en el jardín. Mi hija y yo comemos ciruelas amarillas directamente del árbol. Los grillos saltan a nuestro alrededor, mientras las moscas y las abejas devoran los higos que se cayeron sobre la hierba.
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Manejamos lento. Delante de nosotros va un rebaño de ovejas. La pastora los guía montada en su carro, rodeada de perros. La última oveja tiene una especie de tumor en sus ubres. Me recuerda la mastitis, la perla de leche, las grietas. El rebaño avanza cojeando. Su lana es del color del barro. Ahora puedo comprender su lamento, cuando regresan a los establos. Es dura la vida de la oveja. También la de la pastora, que tiene mi edad, pero parece diez años mayor por todo el sol que recibe en su rostro. De su padre que fue pastor y ya murió. De su hija que tal vez será pastora.
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“Comanda lui” (gobierna él), nos dice uno de los amigos de mis abuelos, para referirse al sol. Procuramos hacer todo durante la mañana, porque después de la una de la tarde el mundo entra en un letargo bajo su luz.
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Delante de mí, corren doce patas y tres lenguas jadeantes. En algunos momentos, se salen de la ruta. Persiguen olores que yo no podría descifrar a esta distancia. Corriendo con ellos me siento protegida. Soy parte de una jauría. Y nunca he tenido un perro que pueda decir que fuera mío. Como estos tampoco lo son. Nos adoptamos por este instante infinito en que ellos vuelven a su naturaleza salvaje y me recuerdan la mía. Entonces debería decir catorce patas y cuatro lenguas. Y que aunque no puedo oler lo que ellos pueden mirar con sus narices, si puedo percibir el olor del cuerpo descompuesto del zorro, que encontré hace dos días en la carretera, y que ya no está.
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30 ºC. Un cuerpo en descomposición. Los sonidos de un gato o un roedor. La noticia falsa que se esparce para anunciar a nuevos sobrevivientes de los terremotos en Venezuela. La doble muerte.
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Y mientras escribo, la pastora pasa frente a mi ventana con su rebaño de ovejas y perros. Su cuerpo se pierde en ese olor. Solo la reconozco por los sonidos que emite para que los animales no se dispersen. Jeiiiiiiii, jeiiiiiiii.
Cuántas veces he deseado su fuerza.
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Tenía dos meses y un poco más de embarazo cuando vi dos ciervos cerca de nuestra casa. Sus lomos dorados recibían los primeros rayos del sol. No tenían cuernos. Me abalancé hacia ellos. Cuando estuve cerca, desaparecieron en el bosque. Aún no sé qué me impulsó a seguirlos, tampoco sé qué hubiese hecho de haberlos alcanzado.




